DE REGRESO
¡Por fin estaba cerca al mar! Cuánto había anhelado estar allí, donde hoy, veinte años atrás, experimenté mi primer gran amor… ¿efímero?
Carmen se llamaba. Morena, esbelta, bien formada, de pelo rizado, como todas aquellas morenas de la localidad. Orgullosa de su porte y belleza.
Sí. Era bella, bellísima.
Recuerdo…, cuando por primera vez me le acerqué.
Era Tan tímido, que no supe expresarle ninguna palabra importante que la conmoviera. Sin embargo, permanecía siempre ahí, a mi lado, como esperando que le dijera lo que ella sabía que pensaba de ella. Y que rápido fui cuando un beso de amor, le estampé en su redonda mejilla.
Pero…, cuando empecé a correr muerto de miedo, ella, de un zarpazo detuvo el rápido vuelo: me abrazó, me atrapó en su pecho y envolviéndome en su vestido que halaba hacia el suelo, se me presentó desnuda: mis ojos se negaban a ver tanta belleza y curvas tan bien formadas; mi voz se atragantó y mis manos se pusieron a temblar, como temblaba todo mi ser: una lujuria entonces, se apoderó de mí, y aquella tarde, me poseyó como si nunca en su vida hubiese comido un caramelo.
Fui lamido, besado, tocado, exprimido con todo el candor de aquella mujer, quien por última vez habría de ver.
Dormido en el sopor, contemplando el bello recuerdo de aquella tarde magnífica en que por vez primera, sentí los aleteos de la pasión que mi cuerpo embargaba, como un susurro escuché:
¨ ¡Señor! ¡Señor!¨
Al percibir aquella voz frágil y armoniosa, volteándome, logro verla de nuevo, allí parada y sonriente, mucho más joven y radiante que aquel día, expresando en su hermosura, todo el amor negado desde entonces.
Pero, ¿Cómo era posible que el paso del tiempo se detuviera en esta criatura tan hermosa, cada día más lozana y bella? Me pregunté.
El silencio se interpuso entre los dos, a medida que iba comprendiendo, lo que ella más tarde, me confirmaría.
Sí. ¡Es mi hija!
Hija de la cual nunca tuve conocimiento ni sospecha que existiese. A decir verdad, nunca lo consideré, a pesar del momento vivido, inalcanzable con ninguna otra mujer, con esa negra linda que me brindó todo de sí.
-“Ña, mi abuela, vecina de los familiares que visitó usted ese día…,¨ me va relatando lo que yo ya sabía sin dejarla terminar, y abrazándola y apretándola fuertemente en mi pecho, sollozando con una gran emoción contenida desde siempre, pidiéndole perdón, le juré el amor que siempre y sin saberlo, le había negado.
